Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de octubre de 2017

Roma, de noche

Salimos de cenar con el tiempo casi justo para coger el último metro. Estamos alojados al final de una de las líneas de la ciudad, en las afueras, en un hotel con aspecto monacal que nos hace recordar otros lugares y nos hace olvidar que estamos en Roma. Somos un grupo grande, más de veinte, y tal vez por eso la cena se ha retrasado tanto, más de una hora han tardado en servirnos el primer plato, pasta carbonara y pasta caccio peppe. En cualquier caso, la espera ha valido la pena; la comida es deliciosa, el vino corre alegre y las conversaciones, en varios idiomas, se solapan con las risas. “En este curso hay teclados con distintos alfabetos”. Uno de los profes, haciendo fotos a esos teclados, nos hace notar lo diverso que es este grupo: los hay en cirílico, en griego y en árabe.

Vamos hacia la estación de metro que está en frente de una pirámide, que a su vez forma parte de un cementerio acatólico que me fascina. Delante de la estación, un grupo grande de jóvenes beben y bailan al son de una música que no sabemos bien de dónde sale. Unos cuantos nos ponemos a bailar y nos miramos entre nosotros. “Vamos a algún lado, ¿no?”. Sonreímos y entramos en la estación. Hacemos cola para comprar los billetes y el primer grupo, más numeroso, se dirige hacia el andén que va en dirección a nuestro hotel. El otro, los bailongos, nos vamos al otro andén. Al llegar abajo, un tren está saliendo de la estación, pero sabemos que aún podemos coger otro. Cuando se va, nuestros compañeros que están enfrente nos miran sorprendidos. Nos reímos sobre quién está en el andén correcto y quién en el equivocado, alguno cambia de andén y a algún otro no somos capaces de convencerlo para cambiar. En el andén de los que vuelven, el profesor (argentino) y su mujer (estadounidense) se marcan unos pasos de tango, a los que respondemos con vítores desde nuestro lado.

Nuestro tren llega antes, nos subimos y nos despedimos de nuestros compañeros con sonrisas. Somos ocho, cuatro italianos, dos griegos, una francesa y una española. Parece un chiste. Hablamos sobre dónde ir y, curiosamente, el que decide dónde parar y hacia dónde ir es un griego. Paramos en Cavour y seguimos la dirección que nos marca el griego, hacia una plaza llena de bares y gente; al final de la calle, el Coliseo. Entramos a comprar una bebida a toda prisa: quedan sólo unos minutos para la medianoche y, a esa hora, dejarán de vender alcohol. Nos ponen las copas en vasos de plásticos y empezamos nuestra ruta por la ciudad, casi vacía, en una noche de otoño sorprendentemente cálida.

Nos quedamos embobamos en los foros imperiales. Contemplamos el inmenso monumento a Vittorio Emmanuel II bajo la luz de la luna llena. Cruzamos Piazza Venezia perseguidos por una comercial que nos quiere invitar a chupitos gratis en un local cercano. Y callejeamos por las calles hasta llegar a la Fontana di Trevi. Es todo un regalo volver allí, de manera inesperada, con tan poca gente y con mis monedas pendientes aún de lanzar (no puedo arriesgarme a no volver a Roma). No sé cuánto tiempo pasamos allí, mucho. Contemplamos la fuente cada uno por su cuenta, silenciosamente. Comentamos lo maravilloso del lugar. Nos hacemos fotos borrosas para recordar el momento y seguimos nuestra ruta.

Acabamos en Piazza di Spagna de madrugada. Nos sentamos en la escalinata, casi vacía, junto a la casa en la que vivieron Keats, Byron y Shelley,  a contemplar la ciudad silenciosa y las pocas personas que por allí se encuentran. Dos chicos llegan con unas bicicletas con ruedas de colores y suena música italiana desde un altavoz que llevan en las bicis. Se paran y se ponen a ligar con unas turistas americanas. A nuestros pies, junto a la fuente de la barcaza, se acaba de producir una propuesta de matrimonio y la pareja, emocionada, no para de abrazarse y besarse. Contemplamos atónitos la escena y somos incapaces de irnos de allí. Decidimos que nos iremos cuando dejen de besarse. Pero pasan minutos y minutos y ellos siguen allí, besándose como si no hubiera mañana.

Cuando por fin empezamos la ardua tarea de conseguir dos taxis, se separan y se meten en la fuente para beber agua, algo que ya hemos visto hacer a otras personas y que nos parece a todos terrible. Por fin conseguimos que nos manden dos taxis, nos dirigimos a la columna que hay enfrente de la embajada española y vemos como una pareja de turistas nos roba, delante de nuestros ojos, uno de los taxis que acaban de llegar. El primer turno se va en el taxi que queda (dos italianos, dos griegos) y el resto volvemos a llamar por otro taxi. La vuelta no es menos interesante, con un taxista parlanchín, con música a todo volumen, bailando lo que no hemos bailado en toda la noche y recorriendo el largo camino pensando todos que sí, por fin, después de varios días por aquí, hemos estado en Roma.

Roma es maravillosa.

En la foto, la fuente de la barcaza en la Piazza di Spagna, con las bicis de colores y el futuro matrimonio dándose el lote sin descanso.

martes, 29 de agosto de 2017

Ginkgos urbanos

Es bastante conocida mi afición por los Ginkgos biloba. O no, pero bueno, me encantan los ginkgos, me encantan. Hasta tengo ginkgos en casa, cuya historia ya conté aquí. Una de las cosas que me encantan es encontrarme ginkgos por las ciudades que visito. Porque, aunque no lo parezca, los ginkgos suelen formar parte de la flora urbana y no sólo aparecen en parques, como vi en Milán, sino que te los puedes encontrar en mitad de la ciudad, como he visto en Bruselas, San Sebastián o Roma.

En uno de los múltiples viajes opositores de este año a Madrid, paseando con Lady Boheme por la Quinta de la Fuente del Berro (un parque maravilloso, por cierto, desde que se ve el pirulí), descubrimos en el plano que indica los árboles que hay en el recinto, que había un ginkgo. Y allí nos dirigimos en busca de un ginkgo que, para mi sorpresa, descubrí que era el ginkgo más grande de todos los ginkgos que he visto en mi vida. Y he visto unos cuantos, de verdad. El árbol está en la zona sur del recinto y es realmente impresionante en altura y extensión. Es un árbol maravilloso al que no dudé en abrazarme (ejem, ejem, así soy, queredme) y al que me gustaría ir a ver a finales de algún otoño, cuando su inmensa copa esté totalmente amarilla, justo antes de que caigan sus hojas. A ver si lo consigo ver así alguna vez; de momento, me conformo con esto. Las fotos, por cierto, no hacen justicia de su inmensidad.






Esa misma noche y pensando en qué hacer al día siguiente, antes de coger el avión de vuelta a casa, me puse a investigar sobre ginkgos en Madrid. Y mira que tenéis ginkgos en vuestra ciudad, madrileños [*]. Dispuesta a hacer una ruta de ginkgos, me organicé la vida y empecé la jornada recorriendo la calle del Príncipe de Vergara, donde hay sembrado muchísimos ginkgos jovencitos en la mediana de la calle. Tras una parada técnica para desayunar cereales de colores con nubecitas y minioreos (un vicio confesable que he adquirido durante estos viajes), seguí mi ruta hacia el Parque del Oeste. Otro parque maravilloso. Allí encontré el ginkgo que iba buscando y después, paseando encontré unos cuantos más. Ginkgos y ginkgos. Me hice con algunas semillas que estoy intentando hacer germinar (sin resultado, al menos de momento) y descubrí otro sitio que me encantó: la rosaleda. Y ya de paso, acabé en el Templo de Debob.











Y ya que estamos, como bonus track de esta entrada de ginkgos, aprovecho para mencionar el ginkgo joven y pequeñito que encontré en el Parque Genovés de Cádiz, en un viaje de este verano del que ya hablaré otro día.


[*] Aquí podéis encontrar un listado de gingkos urbanos en nuestro país. No están todos los que son, pero supongo que sí que son todos los que están.

miércoles, 8 de febrero de 2017

"Un año en Roma" de Anthony Doerr

Este libro es maravilloso. No necesito decir nada más.

O al menos a mí así me lo ha parecido.

Lo descubrí porque vi un anuncio en algún sitio y supe que tenía que leerlo. Me chifla Roma y poder leer la experiencia de alguien que ha vivido un año en esa ciudad me parecía la forma más natural de rendir homenaje a una ciudad que me encanta. Aunque, no nos engañemos, leer un libro sobre un lugar que te gusta no te garantiza nada. Una vez leí un libro que tenía en su título la palabra “Venecia” y me gustó bastante poco. Pero quería intentarlo.

Lo vi poco antes de Navidad, cuando fui a comprar libros para regalar. Y me lo autorregalé. Tan pronto como acabé el que estaba leyendo entonces (“La isla de Alice” de Daniel Sánchez Arévalo), engullí este libro en un par de días, entre final de 2016 e inicios de 2017. Es un libro cortito y no podía dejar de leerlo, me encantaba.

“Un año en Roma” es la historia contada en primera persona del autor de “La luz que no puedes ver” (que tengo en casa desde hace tiempo para leer) del año que pasó en esa ciudad, tras ganar un premio, con su mujer y sus dos hijos gemelos de apenas seis meses.

Me ha gustado la manera en la que está escrito, sencilla, directa, con descripciones minuciosas de detalles que, en otras circunstancias, probablemente le pasarían desapercibidas. Me ha gustado cómo refleja el cambio de vida, el choque de culturas, el vértigo de llegar a un lugar extraño, la incertidumbre de enfrentarse a una paternidad reciente en un lugar desconocido.

Me ha gustado, por supuesto, porque habla de Roma, de sus lugares y rincones, muchos de ellos los conocía, algunos los he apuntado para intentar conocerlos en mi próxima visita a la ciudad (supongo que volveré, supongo). Me ha encantado cómo expresa todos los sentimientos por los que te hace pasar esa ciudad: la fascinación del descubrimiento, la tranquilidad de empezar a dominarla, la frustración de no ser capaz de abarcar todo lo que es capaz de darte, esa especie de desbordamiento que sientes ante una ciudad realmente inabarcable, cuando sientes eso de “basta, no puedo más de tanto”. Muchas, muchas de las reflexiones que se hace sobre la ciudad me las he planteado yo alguna vez.

Me ha puesto la piel de gallina en algún momento, como cuando visita la tumba de Keats en el cementerio acatólico romano: una foto de esa tumba, con su epitafio (“Aquí yace uno cuyo nombre se escribió en agua”) y sus narcisos amarillos, es el fondo de pantalla de mi móvil; el punto de libro que he usado es precisamente de Keats (con una frase suya “A thing of beauty is a joy for ever”) y lo compré en Roma, en el Museo dedicado a él, justo el mismo día en que descubrí que estaba enterrado en esa ciudad y cambié mis planes para ir a visitar el cementerio. Eso sí, esa frialdad que siente al final de su visita al lugar yo no la sentí: al contrario, me pareció un lugar cálido, tranquilo, sorprendentemente plácido en una ciudad tan bulliciosa.

Me ha fascinado saber que el año que pasó en Roma Anthony Doerr acabó sólo unas semanas, tal vez un mes, antes de mi primera visita a esa ciudad, hace más de 11 años. Me ha fascinado poder leerlo ahora, porque ahora tengo una visión de la ciudad muy diferente de aquella primera visita mía. Es ésta una visión más cercana a la de Doerr porque, aunque no haya vivido nunca allí y, de hecho, la suma de todo el tiempo que he estado en la ciudad no creo que supere los dos meses, he estado en todas las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Y siento que conozco la ciudad bastante bien. Y también que aún me queda casi todo por conocer de ella.

Tengo un montón de marcas en el libro para apuntarlas en mi cuaderno de frases.

Creo que lo que menos me ha gustado del libro (por ponerle una pega absurda) es el título español: prefiero el título original “Four Seasons in Rome”. Me parece más poético. Y que me hubiera encantado haberlo escrito yo.

Y ya que Roma viene al caso, aprovecho para desempolvar unas fotos de la ciudad, de una nevada histórica (en mi ciudad, en esa ciudad) de la que se han cumplido cinco años estos días. Leyendo el libro, recordé esa nevada, porque nieve sobre la ciudad es lo que ansía el autor del libro mientras vive allí: ver nevar en Roma, para ir hasta el Panteón y ver cómo los copos de nieve se cuelan por el óculo de su bóveda. Eso no lo he visto, nevar dentro del Panteón (llover sí), pero sería fascinante vivirlo.














domingo, 11 de diciembre de 2016

Roma

Es aterrizar en Roma y sonreír. Voy caminando hacia la cinta de los equipajes con una sonrisa en los labios, mirando las fotos gigantescas de los lugares emblemáticos de Roma que hay por todas partes, preguntándome a cuántos de ellos podré ir en los días que voy a estar en la ciudad. Estoy tan feliz con volver a Roma que he ignorado sistemáticamente todas las señales que indicaban que mi maleta igual no llegaría conmigo (¿una conexión de menos de una hora? ¡Adelante!). Pero cuando la cinta sigue danto vueltas y vueltas y ya no salen más maletas, me enfrento a la realidad: mi maleta no ha llegado, al día siguiente empieza la reunión y no tengo ropa limpia que ponerme. No pasa nada, estoy en Roma y eso me hace feliz. Y sé que hay dos vuelos más esa noche desde el aeropuerto en el que he hecho escala.

Hago la reclamación ya un poco preocupada. Cuántas historias he oído de gente que nunca recupera su equipaje. Me empiezo a poner nerviosa pero ahí sigo, con esa media sonrisa que no puedo evitar poner en esa ciudad. “El equipaje llegará esta noche o mañana por la mañana”, me dice el tipo que notifica mi reclamación. Me pongo aún más nerviosa cuando me pide no ya mi dirección en Roma, sino también mi dirección en mi ciudad. Y más aún cuando veo, en el papel que me han dado, un teléfono al que llamar si tengo dudas y un segundo teléfono al que llamar si en cinco días no llega la maleta. Cinco días. Acerco mi nariz al jersey que llevo y compruebo, aliviada que no huele mal. El pequeño neceser que llevo en la mochila (cepillo y pasta de dientes, desodorante) será mi gran aliado.

Salgo del aeropuerto y me dirijo a la parada del autobús. Ya me sé el camino. Me pongo un abrigo por primera vez en meses, y no me sobra. Hago el viaje leyendo un libro que he empezado esa misma mañana “The Girl on the Train” y mirando de vez en cuando a través de la ventana la lluviosa tarde. Pienso en mi paraguas y en mis botas de agua que he recordado meter en la maleta a última hora esa mañana. Ay, mi maleta. ¿Llegará?

En un momento dado, ya en la ciudad, miro por la ventana y pienso “Anda, ya estamos llegando”. Reconozco las calles, los edificios, el barrio. Roma forma ya parte de mi zona de confort. De camino al hotel, aprovechando que no llevo maleta, me paro en un supermercado a comprar agua y algo de fruta. Empieza a chispear. Paso por delante de un cine en el que hacen la película basada en el libro que estoy leyendo, “La ragazza dei treno”. En el hotel, le cuento a la recepcionista lo de mi maleta y no me tranquiliza nada cuando me dice “Bueno, llegará en un par de días”. Igual no sabe que, en mi isla, “un par” significan “más de dos”.

Me gusta ese hotel, a ratos. Creo que es la tercera vez que voy, o la cuarta. Es un hotel moderno y cómodo, pero oscuro. Y cuando digo oscuro me refiero a negro: ése es el color de la decoración de las habitaciones. Pero esta vez tengo suerte, tengo una habitación gris, mucho más luminosa que en las que he estado nunca. Y más grande. Tengo una mesa decente para trabajar, aunque este año, por primera vez en bastante tiempo, no tendré que trabajar hasta horas intempestivas durante la semana. Otra vez, pero en otras circunstancias, puedo volver a decir eso de “ya no soy silla”.

Me quito los zapatos, me tumbo en la cama y me pongo en contacto con algunos colegas que ya han llegado a Roma y están en la calle de al lado. Pienso en lo que podría hacer esa tarde en Roma, pero ya es noche cerrada y tengo ganas de cenar, aunque aún no son las siete. Empieza a llover. Bueno, a diluviar. Truenos, rayos y agua a raudales. Al final, la tormenta pasa y me acerco al hotel de la calle de al lado, donde se alojan esos colegas, trabajamos un rato y decidimos que las siete y media es una hora estupenda para cenar.

Acabamos en un restaurante que amamos y odiamos a partes iguales. La comida a veces es deliciosa y a veces no. La señora que lo lleva decide, como siempre, lo que vamos a comer cada uno. Cenamos razonablemente bien, pero estamos todos cansados del viaje y preocupados por la semana que nos espera. Nos retiramos prontísimo y sigo echando de menos mi maleta. Mi pijama. Mis cosas. Me voy a la cama con el cuerpo frío, deseando que la semana mejore.

El resto de la semana es tan loca que no cabe en un post. Ni en éste ni en ningún otro. Pero implica un corte de electricidad, un cambio del lugar de la reunión, una cena deliciosa en mi restaurante romano favorito en la mejor compañía posible, mucho trabajo, muchas risas, llamadas inesperadas a horas intempestivas, tres visitas a la Fontana di Trevi, encuentros inesperados con gente que no sabía que vivía en esta ciudad y esa sensación maravillosa de estar entre amigos, aunque estés trabajando.

Roma, te quiero con todos y cada uno de los poros de mi piel. Es así, para qué ocultarlo.

En la foto, la cinta de equipajes vacía, en la que mi maleta no apareció.

Ah, sí, mi maleta llegó la tarde-noche del día siguiente.

(Esta entrada la escribí hace ya un mes, pero nunca la llegué a publicar. Hoy la he encontrado por casualidad y aquí está, publicada, por fin).

martes, 29 de noviembre de 2016

Viajes

Hace unas semanas, escribí por aquí que haría una semana temática dedicada a mis últimos viajes. No lo hice, je. Y ahora tengo tantos viajes a mis espaldas que no me bastaría una semana para hablar de ellos.

He pensando muy seriamente por qué no hablo de viajes últimamente en el blog. Y es por algo muy sencillo: me da pereza ponerme a escoger las fotos que quiero compartir. Creo que mi relación con la fotografía a lo largo de los años ha cambiado, sobre todo desde que tengo instagram y comparto las cosas gráficas casi inmediatamente. Así que volver luego a revisar las fotos y escoger unas cuantas para poner aquí me da pereza. Nunca encuentro el momento, la verdad.

Así que he decidido darle un giro a este problema (absurdo del primer mundo) y hacer un resumen de mis viajes desde el verano para ponerme al día. Y para evitar obsesionarme con un “debería hablar de esto en el blog pero me da pereza ponerme a mirar fotos así que paso de actualizar el blog”. Así que hoy y ahora voy a resumir con una única foto y pocas palabras mis viajes en los últimos meses.

En Septiembre estuve en Galicia, de vacaciones. Me gustó más de lo que recordaba que me gustaba. Paseamos, comimos muy bien, bebimos mejor, reímos y me metí en el Atlántico. Estuve en sitios que ya había estado y recordaba bien, en otros que había estado pero no recordaba, en otros que no conocía pero quería conocer y en otros que ni siquiera sabía que existían.


Después estuve en Kiel (Alemania), en un congreso. Estando allí, me enamoré de una funda nórdica (que me acabé comprando por internet en versión edredón), estuve en una recepción con Alberto de Mónaco (aunque esta vez no lo vi), vi focas urbanas y me compré una Lamy nueva.


Y también estuve en el País Vasco, en Irún, Pasaia, Hondarribia y San Sebastián. Trabajamos mucho (y bien), comimos mucho (y bien), bebimos mucho (y bien) y nos reímos mucho (y bien). Pisé la alfombra roja del Festival de San Sebastián y estuve simultáneamente en la misma ciudad que uno de mis hombres favoritos del mundo, Ewan McGregor. Ah, el Aquarium de San Sebastián es maravilloso. ¡Y hay ginkgos en sus calles!


En Octubre hice no uno, sino dos viajes relámpagos a Barcelona, por trabajo. Así que le tocan dos fotos, aunque no hice nada especial. La única noche de los dos viajes que pasé allí, me dolían los ovarios y la garganta y mi hotel (bueno, residencia medio-religiosa) estaba lejísimos, así que como para pasear estaba yo.


También en Octubre estuve en Ponza, una isla italiana de la que había oído hablar mucho pero en la que nunca había estado. Llegar allí me llevó dos aviones, dos trenes y un barco. Disfruté de un lugar precioso, pasamos primero frío y luego no, aprendí mucho, mucho, engordé un quilo, nadamos en el mar a medianoche a la luz de la luna llena y pasamos un día en un barco navegando alrededor de Palmarola, una isla aún más pequeña con una iglesia situada en lo alto de un islote. Y me picó una medusa en la cara.



En Noviembre, decidí que con dos viajes me bastaban así que primero estuve en Roma. Ah, Roma, qué voy a decir de Roma. El día que llegué, hubo un tornado cerca de la ciudad que provocó dos muertos. Al día siguiente, las tormentas cortaron la luz en la zona en la que estábamos (así que tuvimos la tarde libre, yujuuu) y acabaron provocando un cambio en el lugar de la reunión. Ese cambio me permitió ver el Coliseo y los Foros. Estuve en la Fontana di Trevi, por supuesto no, por supuestísimo. Tres veces. Incluso bajo la lluvia. Cené mi plato favorito (ravioli mimosa) en mi restaurante favorito de la ciudad (Taverna Trilussa), con gente muy guay, después de un Aperol Spritz maravilloso. Y me compré una Lamy Lx.



Y por último, aunque no por ello menos importante, estuve en Bulgaria, concretamente en Burgas. Aunque aterricé en Sofia e hice un viaje de ida y vuelta en coche hasta Burgas (casi 400 quilómetros), no vi nada del país y poco de Burgas. Estuve es un hotel de súper lujo y nadé en su piscina interior casi cada día. Hacía mucho frío y la Navidad fue llegando paulatinamente a lo largo de la semana al hotel. Me encantó el breve paseo que dimos por la ciudad, el día que nos íbamos, incluyendo el larguísimo (y fascinante) muelle.


Y con esto se acaba el repaso a mis últimos viajes. Que aún me queda uno este año, ¿eh? Pero bah, es cortito, destino nacional y conocido.

domingo, 20 de noviembre de 2016

En el aeropuerto de Frankfurt

Tengo la sensación de que el amanecer me ha perseguido durante varias horas. Es lo que tiene viajar hacia el oeste a primera hora de la mañana. Aunque lo correcto sería decir noroeste. Tengo que apresurarme para bajar del avión: entre que me he despistado leyendo y que el chaval que está sentado en mi fila sigue dormido, bajo del avión casi la última. Acabamos de aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt, un aeropuerto de los que yo califico como “no me gusta”. Son casi las nueve de la mañana según mi reloj, casi las ocho en realidad aquí. Y ya llevo casi cinco horas despierta.

Miro en las pantallas por si aparece mi vuelo, pero es una tontería, quedan más de cinco horas para que salga. Luego recuerdo que llevo ya la tarjeta de embarque y compruebo que sí, efectivamente, ya aparece en él mi puerta de embarque. Por una vez, no tengo que cambiar de letra, ni recorrer esos largos pasillos subterráneos que tan poco me gustan de este aeropuerto. Llego al control de pasaportes y pierdo de vista al búlgaro interesante con un tic en un ojo con el que he compartido vuelo. Me dirijo a la zona en la que es un control automático, donde mantengo una absurda conversación sobre la necesidad (o no) de llevar pasaporte si me estoy moviendo por Europa. Al final, acepto que si quiero pasar por la máquina, tengo que sacar el pasaporte que llevo en la mochila. La máquina lo escanea, me deja pasar pero una pantalla me detiene para hacerme una foto. Sonrío absurdamente, tanto por la gracia que me hace que me hagan una foto en el aeropuerto como porque, en las fotos, me veo mejor sonriendo.

Cambio la hora del reloj y empiezo a pensar en qué hacer en las cinco horas que me quedan. Podría salir del aeropuerto e ir hasta la ciudad, pero ya lo hice una vez. Estuvo bien, pero entre el sueño y las cuatro horas de ayer en coche (en parte conducido por el chófer que se dormía, en parte por la colega italiana que se percató del tema y exigió conducir ella) no me apetece demasiado moverme de aquí. Y la pereza que me da volver a pasar el control de seguridad. Paseo por alguna tienda, buscando las salchichas que más tarde compraré para llevar a casa y descubro una tienda en la que venden Lamys.

Camino durante un buen rato, primero por la zona de las tiendas, luego en sentido contrario a mi puerta de embarque y decido que tal vez debería cambiar mi calificación de este aeropuerto. Hoy un “me gusta” me parce más adecuado. Observo a mi alrededor, la gente, las tiendas, los lugares, tratando de decidir qué quiero hacer. Creo reconocer una cafetería en la que una vez compré algo. Debería encontrar un lugar para cambiar la moneda búlgara que aún llevo en el bolsillo. He gastado poquísimo en este viaje. Es lo que tiene pasarte el día encerrada en un hotel trabajando, durmiendo, comiendo y hasta nadando. Cambio de sentido y voy hacia la zona de mi puerta de embarque y la paso de largo. Recuerdo que una vez me crucé con Ángela Molina en un aeropuerto alemán, juraría que en éste. Al cabo de un rato reconozco la zona en la que me crucé con ella: sí, era este aeropuerto.

Descubro una zona prometedora: asientos de esos en los que puedes estirar las piernas y enchufes. Pero quiero un asiento junto a la ventana y junto a los enchufes… anda, hay uno. Me siento, enchufo el móvil, enciendo el portátil y busco wifi gratis. Ahora hay wifi gratis por todo, incluso en la tienda-gasolinera en la que nos paramos anoche, a medio camino entre Burgas y Sofía, cuando pedimos al conductor que parara porque no queríamos seguir arriesgándonos a que se durmiera al volante. El sol ya está alto, a ratos aparece entre las nubes, todo un lujo después de una semana casi sin verlo.

Aún no tengo muy claro en qué voy a matar las horas que me quedan. Podría dormir. Podría leer. Podría actualizar mi currículo para las opos. Podría estudiar para las opos. Podría revisar un artículo que tengo a medio revisar. Podría ponerme al día leyendo blogs que hace semanas que no leo. Podría, simplemente, observar a la gente. Pero de momento no quiero hacer nada de eso, sólo dejar pasar el tiempo, las horas, en este paréntesis que es hoy mi vida, que es siempre el día del viaje, de la vuelta, acabando de digerir lo vivido en la última semana, los viajes de las dos últimas semanas; preparándome para volver a la normalidad a partir de mañana. Estoy en el descanso de un partido, esa es la sensación que tengo. En un impasse. Ayer no importa, mañana tampoco. Así que escribo, porque eso es lo que me apetece hacer en este momento intermedio.

En un rato me levantaré, caminaré otro rato, pasearé por las tiendas, pensaré en historias que podrían estar pasando en este aeropuerto que hoy me ha resultado sorprendentemente inspirador. Tomaré algo en alguna cafetería, leeré un rato, cambiaré las levas búlgaras que aún llevo encima y buscaré otro rincón donde sentarme un rato antes de comer algo y subir al avión que me llevará a casa.

Pero ahora sólo estoy aquí, sentada, mirando por la ventana, cargando el móvil y escribiendo.

En la foto, el amanecer persiguiéndome poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt.

domingo, 16 de octubre de 2016

Bajo la luna

Es una noche cálida de otoño, sábado. Diecisiete personas vuelven de una copiosa cena en un restaurante que estaba cerrado, pero que han abierto para ellos. Ya casi no hay turistas en otoño en esta pequeña isla mediterránea. Diecisiete personas en la mesa es mal augurio en Italia, así que el dueño del restaurante deja un juego extra de copas en una de las cabeceras, para engañar a la mala suerte.

La vuelta es ligera y amena, casi dos quilómetros de camino entre charlas y risas en varios idiomas, el vino ha corrido alegre durante la noche y ya llevan demasiados días fuera de casa, demasiados días de trabajo. La perspectiva de seguir trabajando al día siguiente, domingo, hace que disfruten más de esas pocas horas de ocio. Caminan por la carretera, rodeada de casas de manera continua, evitando los pocos coches que de vez en cuando aparecen. Cuando ya se acercan al hotel, pasan por un núcleo más concurrido donde algunos jóvenes y no tan jóvenes pasan la noche del fin de semana apenas iluminados por la luz de los móviles. “Imagínate un invierno aquí”, dice alguien.

Al llegar al hotel, algunos levantan las manos. Quien más quien menos la levanta: cuando se recuenta el quórum para algo, suele ser para algo bueno, así que casi todo el mundo se apunta. No hay mucho que hacer en esta isla y cualquier plan es bienvenido. La discusión se centra en si levantar la mano para ir a dormir o para ir a nadar. Es casi medianoche, llegar a la zona más civilizada de la isla, el puerto, es inalcanzable a pie, así que esas son las dos únicas alternativas.

“En cinco minutos, todos aquí para nadar”. “Todos” al final son nueve personas que se dirigen entre risas por la carretera hasta la estrecha cuesta que baja a las piscinas naturales. Una señora que ha salido a pasear su perro les mira con sorpresa e incredulidad. La luna, casi llena, ilumina alegremente la noche. Pero la ruta de bajada discurre por un camino estrecho, entre casas y árboles, así que la luz de los móviles guía el camino por los tramos más oscuros.

Al llegar junto al mar, el espectáculo es maravilloso: el mar, en calma; las rocas volcánicas, cálidas bajo los pies desnudos; la temperatura, suave; la luna, llena y brillante, ilumina con una tenue luz azulada todo el paisaje. Es impresionante. Los bañistas empiezan a quitarse la ropa, entre risas y gritos. De los nueve aventureros, seis se quedan en bañador, mientras los otros tres prometen que se ocuparán de recontarlos y comprobar que nadie se ahoga. Más gritos, más risas y saltos desde las rocas. Chop. Chop. Chop. Chop. Chop. Chop. Seis cuerpos chocan contra la superficie del agua, a intervalos irregulares, con gritos y risas como banda sonora. El agua está fresca, no fría, ideal en ese improvisado baño nocturno, y los bañistas chapotean alegres a la luz de la luna. Más risas, más gritos, más alegría sonora que debe estar oyéndose a lo largo y ancho de esta pequeña isla.

Salir del mar es otra aventura. Algunos de los bañistas conocen el camino por las rocas, porque ya han nadado allí esa misma tarde, pero no cuentan con la migración nocturna de los erizos, que ahora ocupan casi totalmente su camino de salida. No deja de resultar irónico, porque todos ellos se dedican a estudiar criaturas marinas. Al final salen, despacio, uno a uno, ayudados por las gafas de bucear que alguien ha llevado y por los que les van precediendo. Los que han quedado en tierra hacen el recuento comprobando, entre risas, que no ha habido bajas entre los nadadores nocturnos.

El camino de vuelta es igual de alegre, bajo la luz de la luna. La subida les deja sin aliento, pero no les quita la alegría y la sensación gratificante de que han vivido un momento maravilloso. Se despiden entrando al hotel, consultando el reloj y contando las horas que van a poder dormir. Al día siguiente es domingo, pero aún así toca trabajar. Se dan las buenas noches en varios idiomas, sonriendo, en el pasillo silencioso del hotel y prometiendo repetir la experiencia la noche siguiente.

Fuera, la luna sigue brillando.

En la foto, el lugar del baño nocturno, a la luz del día, a media tarde, cuando ya hubo un primer baño improvisado.

jueves, 13 de octubre de 2016

Ponza

Imaginaos una pequeña isla, de menos de diez quilómetros cuadrados, en forma de arco, a la que sólo se puede llegar desde la cercana costa italiana en barco. La isla está surcada por una estrecha carretera, que sube y baja por su abrupta orografía volcánica, una carretera flanqueada continuamente por casas, poblaciones dispersos que nunca llegan a formar un auténtico núcleo. La isla está bañada por las cristalinas aguas mediterráneas y, en cada recoveco, un pequeño puerto lleno de lanchas recreativas refleja el amor hacia al mar de sus habitantes.

Imaginaos un pequeño hotel, de tonos rosados, al borde de un acantilado y flanqueado por la carretera. Es un hotel de veraneo que ahora, en temporada baja, está prácticamente habitado sólo por menos de una veintena de clientes venidos mayoritariamente de otros puntos de Italia, pero también hay algunas otras nacionalidades: suecos, ingleses, daneses, chipriotas, españoles e incluso estadounidenses. Es un hotel sencillo, funcional para el verano pero frío en esta temporada baja otoñal. En su entrada, un grupo de mesas en forman de U y una pantalla con proyector ocupan un lugar en el que normalmente hay varias butacas, que están ahora agrupadas contra las ventanas, con vistas al mar. En la pantalla, hay letras y número y gráficos y más letras y más números.

Imaginaos el efecto que hace, en esta isla de de menos de 4000 habitantes, un grupo heterogéneo de personas ruidosas entrando en un bar a media mañana, un bar en el que los lugareños se refugian de las inclemencias de un día otoñal, nublado y muy ventoso. Los lugareños observan curiosos al grupo, sobre todo a las rubias nórdicas y a los dos chicos altos que hablan inglés con acento de película americana, mientras apuran sus cafés, que tanto gustan a la gente que le gusta el café: muy cortos y muy negros. Uno de los estadounidenses le hace carantoñas a un perro grande y oscuro, de aspecto tranquilo, que no le hace mucho caso. Fuera, sopla un viento insoportable, que les hace encogerse sobre sí mismos y caminar inclinados. Las casas, de colores blancos y tonos pastel (azules, cremas, rosas) contemplan impasibles al grupo, que vuelve de camino al hotel, a la pantalla, a las letras y los números.

Aquí estoy, estos días. En esa diminuta y abrupta isla desde la que, por la noche, apenas se distinguen las luces de la no tan cercana costa italiana; en este hotel de fachada rojiza e interiores fríos, contemplando letras y números en una pantalla, a menudo indescifrables; sufriendo las inclemencias de un otoño variable y un poco incómodo con un grupo de gente tan heterogénea como peculiar. Y me siento un poco fuera de lugar, en este lugar extraño y fascinante y con esta gente tan lista y sabia. Y yo, intentando hacer ver que soy una de ellos.

La foto, de hace un rato, al salir de la cafetería.

domingo, 21 de agosto de 2016

"The Sunrise" de Victoria Hislop

 Los libros de Victoria Hislop son uno de mis lugares felices: sé que me van a gustar, me entretienen y me emocionan; tanto, tanto que me los leo en inglés. Ya he hablado de sus anteriores libros que, como ya he dicho alguna vez, son ligeros, fáciles de leer, casi culebrones, en un contexto histórico que te hace querer saber más de lo que cuenta (al menos a mí). Spinalonga, Creta, Granada y Tesalónica son algunos de los lugares donde se desarrollan sus historias.

“The Sunrise” sigue la línea de sus libros anteriores: un hecho histórico, en este caso, la invasión turca de Chipre, sirve de hilo conductor de una historia de pasiones, ambiciones y sagas familiares que se ven afectadas por un conflicto histórico. La acción se desarrolla en Famagusta, una ciudad costera chipriota que en los años 70, justo antes de la invasión turca, era uno de los enclaves turísticos  más importantes de Chipre (y probablemente del Mediterráneo). La trama empieza en los años previos a la invasión, cuando Famagusta estaba en pleno apogeo turístico y continúa con los efectos que la invasión tuvo en la vida de los protagonistas de la novela.

Me ha encantado esta novela, he sufrido mucho con los protagonistas, creo que ha sido la historia más dura de las que he leído de esta autora. Aunque sus historias siempre tienen un punto de esperanza, de optimismo, esta vez no ha sido así, me ha parecido durísima, pero muy real. Chipre me fascina y la historia de la invasión turca me alucinó desde el primer momento en que oí hablar de ella. Por no hablar de Famagusta o mejor aún, de Varosha, el barrio turístico que a día de hoy sigue vallado y desierto, es tierra de nadie. Todo un imperio turístico desaparecido o, mejor dicho, abandonado de un día para otro.

Chipre me fascinó cuando la visité por primera vez, hace ya ocho años (glups). Descubrir su capital, Nicosia, una ciudad dividida en dos, me impactó mucho. Calles cortadas por alambradas, la zona de amortiguación patrullada por Naciones Unidas y franqueada por banderas turcas y turcochipriotas en un lado y griegas y chipriotas en el otro lado de las alambradas… Recuerdo dos cosas que me llamaron mucho la atención: la primera, ver edificios que han quedado divididos por la Línea Verde que separa la isla (y su capital) en dos, con la parte que pertenece a Chipre reformada y habitada y la parte que está en territorio de nadie, esa zona de amortiguación, totalmente abandonada. La segunda fue ver unos tablones escondidos entre la maleza, en una zona en la que la barrera que separa ambos lados estaba claramente cedida por el peso de esos tablones que alguien utilizaba para pasar de un lado a otro. Tengo que volver a Chipre, tengo ganas de conocer más la isla, porque cuando volví allí, hace cuatro años a una boda, fue un viaje relámpago.

Otra cosa que me fascina del Mediterráneo oriental es la relación entre griegos y turcos, incluidos los grecochipriotas y turcochipriotas. (No me cansaré nunca de recomendar “Un toque de canela”, una película maravillosa, bellísima y muy interesante). Con los años, he conocido a varios chipriotas, pero el momento más curioso fue cuando estuve con ellos en una reunión en Estambul. En una cena, un camarero nos preguntó de dónde éramos y saltó cuando tres de los comensales dijeron que chipriotas. “¿Pero grecochipriotas o turcochipriotas?”, preguntó. Dos eran grecochipriotas, el otro mezclado. Y fue con este colega con el que, caminando un día por el centro de Estambul, nos acercamos hasta la calle en la que había vivido su abuela turca.

Una de las cosas bonitas que tiene este libro es que cuenta la historia de dos familias, una grecochipriota y otra turcochipriota. Cómo viven el conflicto y cómo les afecta. Y lo viven exactamente igual y les afecta exactamente igual. El libro es muy neutral sobre la invasión y, como bien dice la autora en el epílogo del final de la novela “Quería contar una historia que mostrara cómo los acontecimientos en Chipre fueron un desastre para ambas comunidades – y sugerir que lo de “bueno” y “malo” no es una cuestión de etnia. Creo que, al final, las elecciones individuales juegan el papel más importante”. Es claramente así. Me flipa que la comunidad internacional permitiera lo que ocurrió en Chipre (y que siga permitiendo que la situación esté como está, con la isla aún dividida), pero luego pongo la tele y veo la barbarie que está sucediendo en Siria y cómo la comunidad internacional no reacciona y me pregunto cómo somos capaces de seguir sobreviviendo como especie.

El libro muy recomendable. Chipre un lugar fascinante (las fotos son de mi viaje allí en 2008). La comida, maravillosa. Y su historia, imprescindible conocer.