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jueves, 16 de noviembre de 2017

Una hoja

Cerca del hotel en el que me alojo en Roma hay un Gingko biloba. O al menos eso creo. Lo intuyo porque el día que llegué, vi una hoja de este árbol en el suelo del patio del palazzo en el que se encuentra este hotel. He intentado buscarlo, al gingko, estos días, pero no lo he encontrado. Igual es que por las mañanas no estoy para paseos, pendiente de llegar a la reunión en la que estoy y por la tarde, cuando vuelvo, ya es noche cerrada y, aunque mire hacia arriba, no soy capaz de distinguir ningún árbol.

Así que estoy intrigada, sin saber de dónde vino esa hoja que, por cierto, no he vuelto a ver, ni ninguna parecida. Hay muchos árboles en esta zona, una colina de casas señoriales y pisos tranquilos, con muchos árboles; una zona residencial tranquila y agradable. Pero lo poco que he recorrido de sus calles ha sido en la oscuridad, volviendo de cenar y, como decía, no detecto fácilmente gingkos de noche. De día, un poco mejor.

Tal vez la hoja llegara desde el gingko que sí conozco, el que está en la entrada de la sede central de la FAO, a apenas 500 metros de aquí. No sé si el viento que hacía el domingo fue el responsable de traer esa hoja hasta aquí, no lo sé. Descubrí aquel gingko hace ahora un año, cuando también descubrí una hoja en el suelo, subiendo las escaleras de la entrada. Cuando la vi, miré hacia arriba y allí estaba, un gingko grande y bonito, en medio de dos pinos y que ilustra esa foto. Lo he visto así estos días, de lejos; a ver si mañana llego cinco minutos antes y me acerco un poco más.

Entrar en la sede central de la FAO es como ir al aeropuerto: hay que dejar lo que llevas en unas cintas que pasan un control y luego te metes en un cilindro de cristal, para pasar tú también el control. Hay gente de todas las nacionalidades, entrando y saliendo todo el día, subiendo y bajando los ocho pisos que forman el edificio, con varios bloques. Algunos, se pierden por ellos, nos perdemos por ellos, quería decir. Comemos en la cafetería del ático, con vistas impresionantes a esta ciudad que esta vez sólo veo así, desde el aire, oyendo hablar tal cantidad de idiomas que algunos no soy ni capaz de identificar. Salimos un rato a la terraza, a tomar un poco de aire frío otoñal, esquivamos las gotas de lluvia, intentamos distinguir el sol entre las nubes y nos reímos con el tipo que hace los cafés cuando empieza hablar de entrenadores y jugadores de la liga de fútbol española, a la vez que hace una recolecta para los pobres jugadores de la selección italiana que no van a ir al mundial. Cuando volvemos a la sala, a la reunión, nos perdemos casi siempre. Esto es un auténtico laberinto.

Y así pasan los días aquí, horas y horas encerrados en salas sin ventanas y con luz artificial, con nombres de reyes orientales o de países exóticos, hablando, discutiendo, aprendiendo, tratando de comprender nuestros mares, tratando de protegerlos. Los días se hacen largos, mucho. Ayer bromeábamos que parecía que llevábamos ya dos semanas aquí. Menos mal que aún tenemos humor para unas risas. Y para algo de pasta. O para una pizza. E incluso para algo de vino o alguna cerveza.

Menos mal.

martes, 29 de agosto de 2017

Ginkgos urbanos

Es bastante conocida mi afición por los Ginkgos biloba. O no, pero bueno, me encantan los ginkgos, me encantan. Hasta tengo ginkgos en casa, cuya historia ya conté aquí. Una de las cosas que me encantan es encontrarme ginkgos por las ciudades que visito. Porque, aunque no lo parezca, los ginkgos suelen formar parte de la flora urbana y no sólo aparecen en parques, como vi en Milán, sino que te los puedes encontrar en mitad de la ciudad, como he visto en Bruselas, San Sebastián o Roma.

En uno de los múltiples viajes opositores de este año a Madrid, paseando con Lady Boheme por la Quinta de la Fuente del Berro (un parque maravilloso, por cierto, desde que se ve el pirulí), descubrimos en el plano que indica los árboles que hay en el recinto, que había un ginkgo. Y allí nos dirigimos en busca de un ginkgo que, para mi sorpresa, descubrí que era el ginkgo más grande de todos los ginkgos que he visto en mi vida. Y he visto unos cuantos, de verdad. El árbol está en la zona sur del recinto y es realmente impresionante en altura y extensión. Es un árbol maravilloso al que no dudé en abrazarme (ejem, ejem, así soy, queredme) y al que me gustaría ir a ver a finales de algún otoño, cuando su inmensa copa esté totalmente amarilla, justo antes de que caigan sus hojas. A ver si lo consigo ver así alguna vez; de momento, me conformo con esto. Las fotos, por cierto, no hacen justicia de su inmensidad.






Esa misma noche y pensando en qué hacer al día siguiente, antes de coger el avión de vuelta a casa, me puse a investigar sobre ginkgos en Madrid. Y mira que tenéis ginkgos en vuestra ciudad, madrileños [*]. Dispuesta a hacer una ruta de ginkgos, me organicé la vida y empecé la jornada recorriendo la calle del Príncipe de Vergara, donde hay sembrado muchísimos ginkgos jovencitos en la mediana de la calle. Tras una parada técnica para desayunar cereales de colores con nubecitas y minioreos (un vicio confesable que he adquirido durante estos viajes), seguí mi ruta hacia el Parque del Oeste. Otro parque maravilloso. Allí encontré el ginkgo que iba buscando y después, paseando encontré unos cuantos más. Ginkgos y ginkgos. Me hice con algunas semillas que estoy intentando hacer germinar (sin resultado, al menos de momento) y descubrí otro sitio que me encantó: la rosaleda. Y ya de paso, acabé en el Templo de Debob.











Y ya que estamos, como bonus track de esta entrada de ginkgos, aprovecho para mencionar el ginkgo joven y pequeñito que encontré en el Parque Genovés de Cádiz, en un viaje de este verano del que ya hablaré otro día.


[*] Aquí podéis encontrar un listado de gingkos urbanos en nuestro país. No están todos los que son, pero supongo que sí que son todos los que están.

jueves, 10 de agosto de 2017

Anoche oí llover

Ayer por la tarde iba a prepararme para ir a bailar junto al mar (con bastantes pocas ganas, debo decirlo) cuando me sorprendió una extraña luz que se colaba por las rendijas de las persianas. Salí al balcón para comprobar que el atardecer brillaba con una luz especial, esa luz única que precede a una tormenta. “A ver si encima va a llover”, pensé. Y aunque mis pocas ganas de moverme de casa se juntaron con esa perspectiva, decidí salir igualmente por un motivo claro: la luz era espectacular y donde iba, allí junto al mar, podría serlo más aún.

De camino, con el coche, iba disfrutando de la luz variable de ese atardecer maravilloso, de esas nubes extrañas, coloridas y variables. Iba pensando en llegar rápido a mi destino para disfrutarlo, sin caer en la cuenta, todavía, de que no había cogido ninguna cámara decente para hacer fotos. Sólo llevaba el móvil.

Cuando llegué junto al mar, ya pude contemplar eso que esperaba, ese espectáculo de luz increíble que precede a la tormenta. Y me pasé mi buen rato ahí, disfrutando de las luces y sombras, intentando reflejar con la cámara del móvil una luz que, obviamente, no se refleja en todo su esplendor. Por el este, ya era de noche; por el sur, la negrura de la tormenta; por el oeste, el sol aún brillando, ya poniéndose.

Aún hechizada por el espectáculo de luz, me dirigí a mi destino final, caminé hacia la música y el baile. Y charlé y bailé y reí y charlé y bailé y reí y vuelta a empezar. En algún momento de la noche vi a lo lejos, hacia el sur, unos relámpagos tan nítidos como espectaculares. Ahí seguía la tormenta, aún lejos, pero ahí seguía.

Muchas canciones y un llonguet de trampó con sardinas después, volví a casa. El viento golpeaba los estores de la galería, así que me levanté a cerrar las ventanas: total, no hacía nada de calor, nada que ver con las últimas semanas en las que ni abriendo todas las ventanas de la casa se conseguía refrescarla. Me dormí rápido. Y me desperté dos veces, con el sonido de la lluvia. Ah, qué gusto el sonido de la lluvia. No oí truenos ni vi relámpagos, pero sé que los hubo.

Esta mañana me he despertado con la tranquilidad de no haber puesto el despertado. Era pronto, tampoco demasiado, pero me he quedado un rato en la cama, disfrutando de la necesidad de taparme con las sábanas, hacía fresquito. Tenía un vago recuerdo de haber oído llover por la noche, pero no estaba segura de si era realidad o sólo un sueño. Y ha empezado a llover, de nuevo. Y ahí he seguido, con los ojos cerrados, sabiendo que sí, en efecto, anoche oí llover. Y en esos momentos volvía a hacerlo. Y me he quedado disfrutando de esa lluvia no por esperada menos sorprendente y bien recibida.

Ah, el sonido de la lluvia en verano. Ah, el olor de la lluvia en verano. Qué pequeño gran placer.

Las fotos, de anoche, con el móvil.







domingo, 14 de mayo de 2017

Sal en la piel

Hoy me voy a dormir con sal en la piel, la sal del primer baño de la temporada.

Sí, lo sé, debería haberme duchado después de este primer baño pero son las once de la noche y por fin he acabado de hacer todo lo que quería hacer esta tarde (una maleta para un viaje, acabar de preparar unas presentaciones para unas oposiciones de la semana que empieza mañana). Es cierto que una siesta inesperada me ha robado parte de la tarde, pero ha sido una siesta tan inesperada como necesaria.

La cuestión es que hoy, a pesar de todo, me he dado por fin, el primer baño de la temporada.

Hoy, el día que debería estar viajando a Menorca para una semana de vacaciones que he cambiado por una semana en Madrid de oposiciones.

Al polen de las gramíneas les gusta esto. Me van a hacer sufrir esta semana, ya lo veréis.

Lo que decía, la cuestión es que hoy he vuelto al mar, he nadado un rato, más de lo que pensaba, en aguas cristalinas, no tan frías como creía, cuando todo, todo, todo, parecía indicar que no era el día más propicio para liarme la manta a la cabeza, o mejor, para coger la toalla y el bikini, e ir a la playa.

Pero lo he hecho, claro que sí. Porque entre las semanas que he dejado atrás y las que vienen por delante, necesitaba recargar pilar, cargarme de energía y enfrentarme a todo lo que está por llegar. Que ojalá sea mejor que lo que los augurios indican.

En la foto, cuando abandonaba ya la playa, después del primer baño. Lo he disfrutado tanto, tanto, que ni he recordado hacer una foto antes.

Ah, qué delicia de agua. De verdad.

martes, 4 de abril de 2017

Sofás naranjas

Tengo dos sofás naranjas en casa. La historia de mis sofás es graciosa, porque yo no pensaba comprarme ningún sofá; mi idea era quedarme con un sofá viejo que había en casa de mis padres. Pero un día, entré en una tienda de muebles en busca de una cama (sí que pensaba comprarme una cama) y vi dos sofás naranjas. Y me enamoré de ellos. Los quería. Pero yo iba a por una cama y no quería comprarme ningún sofá. Así que traté de ignorar la atracción.

Obviamente, no sirvió para nada. Obviamente, al cabo de un tiempo volví a esa tienda. “Quiero esos sofás naranjas”. El dependiente (no recuerdo si era ella o él) me sacó el catálogo y me mostró todos los colores. “Está en negro, en verde, en granate,…”. “Hm, sí, qué bonitos en granate… quiero los naranjas”. Y así fue como los sofás naranjas entraron a formar parte de mi vida.

Los sofás están colocados en forma de L. Uno de ellos, el de tres plazas, pegado al gran ventanal del comedor (yo puse ese ventanal, ah, qué tiempos aquellos en que mi padre y yo nos dedicábamos a cambiar ventanas y otras chapuzas caseras). El otro, de dos plazas, en paralelo. Entre ellos, una esquina francamente saturada. Una lámpara de pie, de esas que se pueden regular la intensidad de la luz, de la que cuelga un búho hecho de una madera muy ligera, que compré en un puesto de carretera a la salida del Parque Nacional de Etosha, en Namibia. Un poto, una planta verde trepadora, que era diminuta cuando la llevé a casa y que ahora crece alegremente por la barra de las cortinas y por la misma lámpara. Un pequeño estante pegado a la columna que hay, donde reposa el teléfono, dos botellas que en su día contenían raki (¿o era ouzo?) y que me traje la última vez que estuve en Creta, rellenas de piedrecitas naranjas y verdes y esta caricatura de Star Wars (hecha por Cristina Torbenilla y que gané en un sorteo). En la columna, hay un reloj de forma alargada, cuyos números irregulares son vinilos que están pegados en la pared. Un cuadro junto a la ventana, con una frase de “El Principito” (“Lo esencial es invisible para los ojos”). En el suelo, varias bolsas de papel con proyectos tejeriles a medio hacer. Sí, definitivamente es una esquina muy concurrida.

Me encanta ese rincón de la casa, me encantan esos sofás naranjas, me encantan cómo contrastan con la alfombra (verde) y con la pared de enfrente (también verde) y cómo hacen juego con la mesita que está sobre la alfombra (oscura, con cristales naranjas de adorno). Mis sofás naranjas son mi lugar bonito. A ellos voy cuando me encuentro mal, cuando estoy enferma, cuando soy feliz, cuando quiero descansar, cuando quiero leer, cuando hablo por teléfono, cuando tejo. En ellos paso las noches que no duermo. No, no sufro insomnio, pero en las ocasiones que me despierto por la noche por algún motivo (dolores menstruales y de garganta, normalmente) y no me puedo dormir, me voy a mis sofás. Mis sofás naranjas me dan una tranquilidad que no me da la cama. Me siento acogida y tranquila. No me pongo nerviosa si no duermo por el dolor (como sí que me pasa en la cama) y puedo encender la luz a una intensidad tan, tan suave que casi estoy a oscuras, poner la tele con poco brillo y menos sonido y dejarme embargar por esa sensación de paz que me dan. Y me duermo.

Cuento esto porque he pasado algunas de las últimas noches durmiendo en esos sofás. Culpa de mi garganta y de despertarme a horas intempestivas con una tos tan fuerte que parecía que se me saldrían los ojos. La primera noche, después de intentar volver a conciliar el sueño en la cama, acabé en el sofá. Y me dormí. Luego siguieron algunas noches más, en las que directamente me quedaba en los sofás. Una o dos. Bueno, igual tres. Que no es lo suyo, eso de dormir en el sofá en vez de en la cama (ah, con mi edredón ma-ra-vi-llo-so), pero lo he hecho. Anoche no, anoche me comporté como la adulta que soy y dormí, de nuevo, en la cama. Y sí, es cierto que me desperté a horas intempestivas tosiendo, pero estaba tan cansada que me di la vuelta y seguí durmiendo. Igual es que me estoy poniendo mejor.

Y hoy me apetecía hablar de mis sofás naranjas y mi rincón bonito porque Facebook me ha recordado que hoy hace siete años que me mudé a esta casa. Cómo pasa el tiempo.

En la foto, mi rincón bonito. Se ve un poco uno de los sofás, pero el color no le hace justicia. Es mucho más bonito al natural.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Cosas que debería haber hecho esta tarde, pero que no he hecho porque estaba durmiendo la siesta

Poner dos lavadoras y una secadora.

Montar el árbol.

Colocar los adornos de Navidad.

Preparar algo de comer para la fiesta de final de trimestre de mis clases de lindy hop.

Recoger ropa desperdigada por varios rincones de la casa.

Estudiar.

Preparar la maleta para el último viaje del año.




Y encima, me duele la garganta.

domingo, 20 de noviembre de 2016

En el aeropuerto de Frankfurt

Tengo la sensación de que el amanecer me ha perseguido durante varias horas. Es lo que tiene viajar hacia el oeste a primera hora de la mañana. Aunque lo correcto sería decir noroeste. Tengo que apresurarme para bajar del avión: entre que me he despistado leyendo y que el chaval que está sentado en mi fila sigue dormido, bajo del avión casi la última. Acabamos de aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt, un aeropuerto de los que yo califico como “no me gusta”. Son casi las nueve de la mañana según mi reloj, casi las ocho en realidad aquí. Y ya llevo casi cinco horas despierta.

Miro en las pantallas por si aparece mi vuelo, pero es una tontería, quedan más de cinco horas para que salga. Luego recuerdo que llevo ya la tarjeta de embarque y compruebo que sí, efectivamente, ya aparece en él mi puerta de embarque. Por una vez, no tengo que cambiar de letra, ni recorrer esos largos pasillos subterráneos que tan poco me gustan de este aeropuerto. Llego al control de pasaportes y pierdo de vista al búlgaro interesante con un tic en un ojo con el que he compartido vuelo. Me dirijo a la zona en la que es un control automático, donde mantengo una absurda conversación sobre la necesidad (o no) de llevar pasaporte si me estoy moviendo por Europa. Al final, acepto que si quiero pasar por la máquina, tengo que sacar el pasaporte que llevo en la mochila. La máquina lo escanea, me deja pasar pero una pantalla me detiene para hacerme una foto. Sonrío absurdamente, tanto por la gracia que me hace que me hagan una foto en el aeropuerto como porque, en las fotos, me veo mejor sonriendo.

Cambio la hora del reloj y empiezo a pensar en qué hacer en las cinco horas que me quedan. Podría salir del aeropuerto e ir hasta la ciudad, pero ya lo hice una vez. Estuvo bien, pero entre el sueño y las cuatro horas de ayer en coche (en parte conducido por el chófer que se dormía, en parte por la colega italiana que se percató del tema y exigió conducir ella) no me apetece demasiado moverme de aquí. Y la pereza que me da volver a pasar el control de seguridad. Paseo por alguna tienda, buscando las salchichas que más tarde compraré para llevar a casa y descubro una tienda en la que venden Lamys.

Camino durante un buen rato, primero por la zona de las tiendas, luego en sentido contrario a mi puerta de embarque y decido que tal vez debería cambiar mi calificación de este aeropuerto. Hoy un “me gusta” me parce más adecuado. Observo a mi alrededor, la gente, las tiendas, los lugares, tratando de decidir qué quiero hacer. Creo reconocer una cafetería en la que una vez compré algo. Debería encontrar un lugar para cambiar la moneda búlgara que aún llevo en el bolsillo. He gastado poquísimo en este viaje. Es lo que tiene pasarte el día encerrada en un hotel trabajando, durmiendo, comiendo y hasta nadando. Cambio de sentido y voy hacia la zona de mi puerta de embarque y la paso de largo. Recuerdo que una vez me crucé con Ángela Molina en un aeropuerto alemán, juraría que en éste. Al cabo de un rato reconozco la zona en la que me crucé con ella: sí, era este aeropuerto.

Descubro una zona prometedora: asientos de esos en los que puedes estirar las piernas y enchufes. Pero quiero un asiento junto a la ventana y junto a los enchufes… anda, hay uno. Me siento, enchufo el móvil, enciendo el portátil y busco wifi gratis. Ahora hay wifi gratis por todo, incluso en la tienda-gasolinera en la que nos paramos anoche, a medio camino entre Burgas y Sofía, cuando pedimos al conductor que parara porque no queríamos seguir arriesgándonos a que se durmiera al volante. El sol ya está alto, a ratos aparece entre las nubes, todo un lujo después de una semana casi sin verlo.

Aún no tengo muy claro en qué voy a matar las horas que me quedan. Podría dormir. Podría leer. Podría actualizar mi currículo para las opos. Podría estudiar para las opos. Podría revisar un artículo que tengo a medio revisar. Podría ponerme al día leyendo blogs que hace semanas que no leo. Podría, simplemente, observar a la gente. Pero de momento no quiero hacer nada de eso, sólo dejar pasar el tiempo, las horas, en este paréntesis que es hoy mi vida, que es siempre el día del viaje, de la vuelta, acabando de digerir lo vivido en la última semana, los viajes de las dos últimas semanas; preparándome para volver a la normalidad a partir de mañana. Estoy en el descanso de un partido, esa es la sensación que tengo. En un impasse. Ayer no importa, mañana tampoco. Así que escribo, porque eso es lo que me apetece hacer en este momento intermedio.

En un rato me levantaré, caminaré otro rato, pasearé por las tiendas, pensaré en historias que podrían estar pasando en este aeropuerto que hoy me ha resultado sorprendentemente inspirador. Tomaré algo en alguna cafetería, leeré un rato, cambiaré las levas búlgaras que aún llevo encima y buscaré otro rincón donde sentarme un rato antes de comer algo y subir al avión que me llevará a casa.

Pero ahora sólo estoy aquí, sentada, mirando por la ventana, cargando el móvil y escribiendo.

En la foto, el amanecer persiguiéndome poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Entre Kiel y Hamburgo



He tenido que venir hasta Alemania para enamorarme de un nórdico.

O mejor dicho, de una funda nórdica.

Fue la primera noche. Volvía a pie hacia el hotel, desde la recepción a la que nos habían invitado (y en la que también estaba el Príncipe Alberto de Mónaco y yo ni me enteré –pero aprovecho para rememorar LA anécdota). Iba sola, porque aunque viajé con otros colegas del trabajo, estamos todos dispersos por distintos hoteles de la ciudad (gracias, Viajes Aguilucho). Pasé por delante de una tienda de camas y la vi. LA FUNDA NÓRDICA. Me flipó, me encantó tanto, que le hice una primera foto, ahí, en la oscuridad. Los siguientes días he pasado cada día por delante de la tienda, voluntariamente o no. He mirado la funda, la he fotografiado, he apuntado la web de la tienda y hasta la marca de ropa de cama a la que pertenece y, después de meditarlo un poco, he decidido que lo cara que es compensa por lo bonita que es. Porque siempre que he pasado por delante, estaba cerrada (es lo que tiene estar de congreso), así que ni he podido entrar a verla de cerca o incluso comprarla. Porque igual la hubiera comprado. Pero aunque la medida que tiene no es la de mi cama, ni siquiera he tenido la oportunidad de entrar a averiguar si existe en la medida que yo quiero.

¿Qué tiene esta funda nórdica que me ha provocado este enamoramiento repentino? La verdad es que no lo sé. Creo que quedaría perfecta en mi cuarto. Eso es todo. Le pega. Me pega. Y me recuerda a las telas africanas, a las telas namibias. De hecho, esta ciudad me recuerda mucho a la Namibia urbana que conozco (ciudad de calles anchas, casa bajas y bonitas), aunque en realidad es justo lo contrario, debería ser Namibia la que me recordara a Alemania.

La cuestión es que la funda es maravillosa. Pero se ha quedado ahí, es un escaparate de Kiel mientras yo escribo (y publico) esto en un autobús (con wifi gratis) de camino al aeropuerto de Hamburgo. Y, oye, me da pena.

A veces encuentras lo que buscabas donde menos te lo esperas, cuando menos te lo esperas. Incluso cuando ni siquiera sabías que lo estabas buscando.

Pero también a veces, por mucho que desees algo, no puedes hacer otra cosa que dejarlo marchar. No queda otro remedio.

Lo que no puede ser, no puede ser. Y además, es imposible.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Recostruyendo tobilleras

El otro día, en clase de lindy hop, el profesor dijo: “Hay ahí en el suelo una pulsera esparcida por todo”.

No era una pulsera, era mi tobillera greco-namibia.

Ya conté (en versión resumida) la historia de mi tobillera greco-namibia aquí. Es una tobillera a la que le tengo mucho cariño porque aúna cuentas originariamente rosas que compré en una isla de aguas cristalinas al sur de Creta, con cuentas blancas que son trozos de huevo de avestruz que compré en Namibia. La tobillera original cretense se me rompió (y perdí gran parte de las cuentas) a los pies de un faro namibio, por lo que esa combinación greco-namibia siempre me ha parecido de lo más adecuada.

Y claro, ver esparcidas cuentas griegas y namibias por el patio del instituto donde hacemos las clases de swing me partió el alma. Con ayuda de algunos compis, las recogí todas, o casi todas, con la mente ya puesta en reconstruir la tobillera. Tras darle algunas vueltas, decidí mejorarla tobillera y ponerle unos cierres (porque, al contrario que la tobillera original, ésta me la quito en invierno, me molesta dentro de los calcetines).  No sólo eso, decidí seguir aumentando el aura emocional de la condenada tobillera y utilicé para unir las cuentas hilo que me traje del Festival de Primavera. Parte de estos hilos, de hecho, me los encontré como regalito una mañana, perfectamente ordenados en mi zona de trabajo.

Así que ahora tengo una tobillera greco-namibia-oliveria.

El día que la pierda, voy a llorar lo que no está escrito.

miércoles, 20 de julio de 2016

Cruzando el canal

Llego al puerto casi hora y media antes de la hora de partida, como indica la tarjeta de embarque. Me duele la cabeza, no he dormido demasiado bien y hace mucho calor. El termómetro del coche ha marcado más de 36º en el centro de la isla, de camino aquí. Conozco el puerto, hace menos de cuatro meses que hice la misma ruta, aunque con otro barco. Aparco en la zona habilitada para los turismos que tienen que embarcar y voy a la terminal marítima, al baño. Un grupo de estudiantes con mochilas se despiden alborotados de sus familiares. Me descubro a mí misma deseando que no hagan demasiado ruido en el barco, pero enseguida me doy cuenta de que viajan en el de otra compañía. Es verano y aunque el número de navieras que operan entre islas es limitado, tienen una variedad de horarios más amplia que fuera de temporada y a precios más que competitivos.

Vuelvo al parking. Un trabajador de la naviera con chaleco fosforito me pide las tarjetas de embarque y el documento de identidad. “Empezamos a y media.”, me dice, “Mejor ponte a la sombra”. Le hago caso y me siento en el asfalto, a la sombra. Tardo un momento en darme cuenta de que debería preocuparme más por la temperatura de las muestras que llevo en una nevera en el maletero del coche que por mí misma, pero me convenzo de que con las placas frías que le he puesto aguantarán bien. Además, quedan sólo quince minutos para embarcar. Así que me acomodo y saco mis agujas: a ver si acabo de una vez el delantero de un jersey a rallas de algodón que ya tengo ganas de estrenar. A mí lado, varios señores menorquines comentan entre ellos de dónde son y si conocen a tal y cuál persona de sus respectivos pueblos. Y sí, claro, les conocen. Menorca es una isla pequeña.

Cuando se acerca de nuevo el tipo de la naviera, le sueltan una broma “¿Qué? ¿Embarcamos ya? A este paso la chica va a acabar el jersey”. Nos reímos todos y les digo que sí, que por favor tarde un poquito más en dejarnos embarcar, que estoy a cuatro vueltas de acabarlo. El de la naviera dice que hasta que no sea la hora no podemos subir, “luego los de la Guardia Civil nos riñen”. Así que esperamos religiosamente, yo tejiendo y los señores con su conversación. Al final, nos invita a ir a los coches cuando pasan unos minutos de y media. “Pobre chica, ¡no ha acabado el jersey!”. Maldigo. Estoy a una docena de puntos de cerrar la espalda y tengo que dejar una vuelta a medias, sin acabar, hasta que llegue a bordo.

Es la primera vez que subo en ese barco y me sorprende lo pequeño que es el garaje. Más trabajadores con chalecos fosforitos indican a los conductores cómo maniobrar para dejar los coches aparcados adecuadamente. El que va delante de mí tarda una barbaridad, o eso me parece. Cuando me toca, pienso que igual el tipo que me indica está pensando “Vaya, una mujer”, pero si lo piensa, no da señales de nada, me da un par de indicaciones (odio que me den instrucciones para aparcar, que lo sepáis, pero disimulo) y cuando apago el motor se acerca al coche. “Freno de mano y…”, “Dejo una marcha, ¿no?”, decimos a la vez.

Sigo las indicaciones hasta el salón de las butacas, recorro el barco que, efectivamente, es pequeño. ¿Me siento a babor o a estribor? No sé por qué, siempre me siento a estribor y luego me arrepiento. Recordádmelo para la próxima vez. Obviamente, me siento a estribor, en unas butacas que tienen delante una mesa. Saco el ordenador y lo enciendo. Tengo el patrón de las mangas del jersey en él y quiero mirarlo ahora que estoy a punto de acabar el delantero. Uno de los señores con los que he bromeado en tierra se me acerca y charlamos un rato. “Eres de Mallorca, ¿verdad?”. Y él de Menorca. Los acentos nos delatan. “Ya puedes acabar el jersey, ¿eh?”. Reímos.

El barco está prácticamente vacío. No se llenará demasiado, pero aún subirán los pasajeros que viajan sin coche. Hay sitio de sobra para viajar amplia y cómodamente. Acabo el delantero del jersey, estudio cómo hacer las mangas y me dio cuenta de que he dejado hilo de otro color en el maletero del coche. Vaya. Las mangas tendrán que esperar.

El rugido de los motores indica que vamos a partir. Mientras maniobramos, un pesquero entra a puerto. Me sorprende y miro el reloj, es un poco pronto para que vuelva. Salimos del puerto y el barco enseguida coge velocidad. Menos mal que hay buena mar. Desde mi asiento de estribor, me levanto para atisbar por las ventanas de babor otros dos pesqueros. Flota amiga. Le mando un mensaje a uno de los patrones, pero nos quedamos sin cobertura antes de que el mensaje salga. Recuerdo la conversación que tuve ayer con él sobre la súbita (y misteriosa) desaparición de la gamba roja en la pesquera más importante de Mallorca para esta especie en esta época del año. Y sigo dándole vueltas al tema. ¿Qué ha pasado con la gamba? Las muestras que llevo en el maletero las capturó ayer ese patrón con su barca. Sonrío por lo viajeras que han salido esas muestras.

Decido que es hora de hacer algo productivo y me pongo a revisar el trabajo de fin de grado de un estudiante. Pero estoy en el mar y cuando estoy en el mar estoy feliz y me cuesta concentrarme. Aún estamos muy cerca de Mallorca. Vamos adelantando a otro barco que está haciendo nuestra misma ruta. Los niños que llevo al lado me recuerdan a otros niños que no conozco pero de los que me han hablado mucho. La señora de delante duerme recostada sobre la ventana. En la tele emiten algo con pinta de antiguo y subtitulado (no llevo las gafas puestas, no puedo decir más). Miro el mar. Hay algunos borreguitos, nada grave, pero a la velocidad que vamos se nota el balanceo. Me río pensando en las biodraminas que mi madre me ha ofrecido no una, ni dos, sino hasta tres veces. “Que yo soy una loba de mar”, le he contestado tantas veces como me ha ofrecido.

Una loba de mar que se marea a veces, pero eso no se lo digáis a nadie.

La foto es de esta tarde, cruzando el canal.

lunes, 6 de junio de 2016

La cinta roja

- ¿Necesitas algo? -me dijo.

- No -le contesté yo-, creo que no.

- Piénsalo. Voy al centro comercial de aquí al lado, así que aprovecha si quieres algo. Yo te lo traigo

- Venga, ya que vas, tráeme una cinta para las gafas.

- ¿Una cinta? ¿Cómo la quieres?.

- No lo sé, tipo deportiva.

- ¿De qué color?

- Me da igual, confío en ti.

Y me trajo una cinta roja, claro. Roja, mi color favorito. Hice bien en confiar. Qué bien me debía conocer.

Entonces, yo llevaba unas gafas rojas, pero ahora ya no las llevo. Ahora, tengo un coche rojo, entonces aún no lo tenía.

Normalmente, no uso cinta para las gafas, sólo cuando voy al mar. La uso para las gafas de sol, puede ser muy cruel el sol primaveral en alta mar, así que siempre llevo las gafas encima, colgadas del cuello con una cinta o puestas.

La cinta roja me ha acompañado en el Festival de Primavera unos cuantos años. Pero el año pasado no fui capaz de encontrarla, así que me compré otra, negra. Al volver del mar, encontré la roja y la guardé a buen recaudo, aún estaba en buen estado. Antes del primer Festival de Primavera, la recuperé, pero me pareció que ya estaba demasiado dañada para aguantar dos Festivales de Primavera, así que me llevé la negra. No me gusta la cinta negra, la encuentro un poco corta y, el segundo día en el mar, ya se me rompió, o medio rompió. Así que he decidido usar la cinta roja para el Festival de Primavera que empieza mañana. Y, a la vuelta, me desharé de las dos. De la negra, porque está estropeada. Y de la roja simplemente porque creo que ha llegado el momento deshacerme de ella.

En la foto, la cinta roja.

domingo, 5 de junio de 2016

Estos días

Ayer me probé unas bermudas de runner.

Y no lo digo yo, lo decía un letrerito en el estante. Al final no me las compré, porque no eran fosforitas. (Esto viene del chiste ¿Qué es un runner? Un corredor fosforito. JAJAJA). Acabé comprándome dos bermudas que no eran de runner por la mitad (ambas juntas) de lo que costaban las que eran de runner.

Pero eso no es, ni mucho menos, lo más emocionante que me ha pasado últimamente.

Bueno, igual sí.

No, no.

Me he presentado por primera vez en mi vida a unas oposiciones, lo que me ha llevado a un viaje relámpago a Madrid (qué injusticia vivir en una isla en situaciones así, cuánto, cuánto dinero hay que invertir para ir a un examen). He superado la primera fase, por lo que tengo que volver a Madrid en un viaje mucho más relámpago y más complicado (y caro), porque estaré en mitad del Festival de Primavera. Pero esa ya es otra historia que no pinta nada aquí.

Ir a Madrid significó el ataque de alergia más severo que he sufrido en los últimos años. Pero también significó poder ir a su Feria del Libro (eh, ¡qué grande!), a esta exposición, ver la Cibeles desde arriba, ver a algunos colegas de trabajo que hacía tiempo que no veía y, sobre todo, re-encontrarme o conocer a algunas tuiteras-blogueras estupendísimas y maravillosas. Gracias, chicas, fue maravilloso compartir un rato con vosotras, espero volver a veros pronto.

Y con eso me quedo, con la gente. Porque al final, lo más importante, lo más válido y lo más maravilloso de nuestra vida es la gente que nos rodea, la gente que escogemos que nos rodee. Y es igual si esa gente es alguien con quien has crecido o alguien que has conocido a través de redes sociales o blogs o alguien que se ha cruzado en tu vida laboral.

Yo lo he visto estos días, lo he notado y me he sentido tan arropada, tan querida y han estado tan pendiente de mí gente tan diferente, que he conocido en ámbitos tan variados, que es imposible no gritar a los cuatro vientos ¡GRACIAS! Recibir mensajes de tanta, tanta gente, desde la vecina de dos pisos más arriba hasta de alguien que está a miles de quilómetros preguntando qué tal ha ido es… uf, es indescriptible. Porque al final lo de menos es ganar o perder, ser primero o último. Lo importante es eso, es la gente, la gente que te quiere, que se preocupa por ti. Levantarse feliz o triste, alegre o cabreada, pero recibir mensajes, palabras, llamadas dándote ánimo, preguntándote y, sobre todo, estando ahí, a tu lado. Aunque sea en forma de tweet, aunque sea en forma de mensaje en el móvil, aunque sea en forma de abrazo.

Todo vale, todo sirve, para sentirte querida y apreciada.

Y yo lo he sentido, y mucho, estos días.

De verdad.

Gracias a todos.

La foto, la Cibeles, desde una perspectiva que nunca pensé que vería.

domingo, 29 de mayo de 2016

Junto al mar. En el mar. Lejos del mar

Hoy necesitaba cargar pilas para la semana que me espera, para el mes que me espera.

Y he ido junto al mar, cómo no.

Es curioso que haya necesitado ir a él, cuando hace sólo tres días que volví de él, de un MiniFestival de Primavera, tan inesperado como sorprendente. Y fascinante. Un MiniFestival corto e intenso, que me ha dejado un mal de tierra que me ha durado dos días. También me ha dejado un montón de imágenes clavadas en la retina (y muchos gigas de disco duro externo), experiencias, cosas nuevas y un sueño cumplido: ir a conocer un poquito (sólo un poquito) un lugar maravilloso (y casi misterioso para mí), un monte submarino al que hace años le tengo ganas. Ha sido sólo una primera aproximación, pero espero volver. Sí, quiero volver.

Y ahora, que me voy a alejar del mar por unos días, me acuerdo de una de esas conversaciones que a veces se oyen en los puentes de los barcos y que quedan registradas (sí, como en las cajas negras de los aviones). Conversaciones que me hacen pensar que, si alguien las revisa alguna vez, se echará unas buenas risas. O no.

- ¿Te buscaban? – dijo el capitán.
- ¿Quién? – pregunté yo.
- Un chico alto y guapo. – bromea el primer oficial.
- ¿En serio? ¿Hay chicos así en este barco?
- ¡¿Cómo que si hay chicos así?! ¡Hay 18!

La primera foto, de hoy, viendo el mar desde tierra. La segunda, de hace unos días, viendo tierra desde el mar, en uno de esos momentos que te sientes afortunada no, lo siguiente.

martes, 17 de mayo de 2016

¡Feliz cumpleaños, Anijol!

Hoy alguien cumple 40 años.

Y, oye, es una cifra muy redonda como para dejar pasarla por alto, así como si nada.

Así que, allá vamos, Ani, ¡¡a celebrarlo!!




Disfruta de tu día a tope, que te regalen muchas cosas chulis y ya nos invitarás algún día a uno de esos pasteles tan maravillosos que haces.

Y recuerda…
 

martes, 3 de mayo de 2016

Rozando el caos

Hay un momento crítico, en todo Festival de Primavera que se precie, en el que todo puede tener al caos.

Al principio, todo es muy fácil y bonito: llegas, te instalas en tu camarote y tienes todo perfectamente ordenadito y colocado. La ropa limpia para trabajar, la ropa para después del trabajo, las cosas del baño, los papeles, los elementos de ocio que te acompañan… Todo tiene su sitio y su lugar y, cada vez que coges algo, lo devuelves a su sitio.

Al cabo de un tiempo variable, las cosas se empiezan a desmadrar. Igual es porque pasas poco tiempo en el camarote porque estás a otros menesteres (o sea, trabajando) pero te das cuenta de que las cosas empiezan a NO estar en su sitio. Un papel que dejas donde no toca, el mp3 que no recuerdas dónde lo pusiste, las botellas de agua vacía que se acumulan porque nunca te acuerdas de sacarlas de allí, esa camiseta que ni está limpia ni está sucia y que no sabes qué hacer con ella.

Y entonces llega el momento clave.

El point of no return que cantaría el Fantasma de la Ópera.

El punto más crucial.

En ese momento en el que te paras un segundo a pensar, respiras hondo e intentas volver a situar cada cosa en su sitio. Pero entonces te das cuenta de que ya no te acuerdas si habías decidido que los papeles debían estar en el segundo o tercer cajón, si la crema de manos va en la estantería de la derecha o de la izquierda o si es mejor tener el libro en la cabecera de la cama o sobre el escritorio. Así que tienes que hacer un esfuerzo extra, buscar un hueco entre muestreos, correcciones y trabajos pendientes y tratar de poner orden al pequeño caos que se apodera de tu entorno. Porque es el momento clave, a partir de ahora, o consigues controlar el caos, o el caos te controla aquí.

Y creo que pasa un poco lo mismo con la mente. No es que reine el caos, pero en el ir y venir, en el trabajar y trabajar, en el tener parte de la mente en tierra y parte aquí, vuelve todo un poco caótico. Y toca también para y organizar la mente. Para que el caos no lo domine todo y pueda contigo.

Acabamos de llegar a puerto. Será raro tocar tierra después de diez días en el mar. Pero es un buen momento para tomar las riendas en este punto tan crucial y evitar que el caos te acompañe el resto de días de Festival.

En la foto, mis botellas vacías esperando a ser llevadas al contenedor de plásticos. Hoy lo hago. Veréis como sí.

sábado, 5 de marzo de 2016

Prostaglandinas

Las prostaglandinas son esas grándisimas hi.. de p… que hacen que muchas mujeres pasemos unos días horribles cada mes. Son unas moléculas con muy mala leche que hacen que nuestros úteros se contraigan a lo loco todos los meses, para eliminar el endometrio, un revestimiento que se forma cada mes en nuestro útero porsiaca (por si acaso un óvulo fecundado se posa en él. Vamos, por si acaso te quedas embarazada). Luego también hay otras moléculas, claro, como los leucotrienos, pero a estos los conozco menos. Por eso yo centro todo mi odio en las prostaglandinas.

Las prostaglandinas provocan contracciones sin dolor, poco dolorosas, bastante dolorosas o muy dolorosas (tachar a conveniencia). Parece que cuantas más prostaglandinas genera tu cuerpo, más dolorosas son tus reglas. Ah, había olvidado comentarlo: la regla es precisamente la eliminación de ese endometrio descartado cada mes por nuestros cuerpos femeninos. En fin, yo creo que soy una máquina fabricando prostaglandinas. Encima, las prostaglandinas afectan a otra musculatura lisa del cuerpo, como la del tracto intestinal (es decir, por donde circulan las caquitas). Eso hace que, como efecto adyacente, haya mujeres que sufran diarreas o estreñimiento. Como veis, producir muchas prostaglandinas implica una fiesta continua.

Como decía, debo fabricar prostaglandinas a lo loco, porque mis reglas son dolorosas. Mucho. Lo han sido siempre, siempre, desde el primer día de regla (eso que llaman menarquía), por lo que siempre he descartado (bueno, mi yo científica y los médicos) que mis amenorreas (o sea, reglas dolorosas) tengan un origen distinto al “natural”. Vamos, que no son señal de nada grave. Que no sean nada grave no significa que no sean molestas. Yo me pasé casi 8 años de mi vida pasando prácticamente tres días al mes en la cama, de la que salía cada rato por culpa de los vómitos y la diarrea, con unos dolores abdominales, lumbares y en las piernas que no me los calmaba nada, pero nada (vamos, ninguna droga legal).

¿Qué pasó después?, os preguntaréis. Decidí eliminar la producción de prostaglandinas de mi vida. Bueno, no lo decidí yo, fue por prescripción médica. Y así me pasé casi veinte maravillosos años de mi vida sin prostaglandinas. Claro, esto tiene sus consecuencias: me pasé veinte años sin ovular, arriesgando mi vida con la multitud de posibles efectos secundarios que las píldoras anticonceptivas tienen. Pero, ¿qué queréis que os diga? No quito esos casi veinte años de felicidad menstrual por nada. ¿Qué ha pasado ahora con mi vida para haber recuperado las prostaglandinas? Pues que una se hace mayor, le detectan una posible hipertensión que, aunque finalmente descartada, te da que pensar.

¿Y si me pega algo por mi deseo de vivir sin el dolor de las prostaglandinas? ¿Y si mis ovarios se han quedado tontos de tanta hormona? ¿Y si hay alternativas más saludables para mi cuerpo? Y empecé a investigar (para algo soy científica), a leer, a preguntar sobre los posibles remedios naturales o no tan agresivos. Tengo que decir que hace muchos, muchos años, ya pregunté sobre métodos alternativos a la química, pero me comentaron que la medicina tradicional china se centra en aspectos físicos, mientras que la medicina occidental se basa en aspectos químicos. Mi problema era (y es) químico, así que la mejor solución era química.

La cuestión es que me lancé metafóricamente a la piscina, abracé las terapias alternativas, la medicina tradicional china, y dejé la química a un lado. De eso ha pasado prácticamente un año. ¿Resultado? Los primeros meses aún fui feliz. Pero cuando las toneladas de hormonas que debían quedar por mi cuerpo empezaron a desaparecer, regresó la fiesta. Tengo las protaglandinas a tope. Unos meses más y otros menos, pero se lo pasan pipa, cada mes, provocándome contracciones que ni la acupuntura, ni los remedios naturales, ni seguir los consejos de abuela (“no tienes que coger frío ni al abdomen ni a las lumbares”) solucionan totalmente. Que sí, que al menos no he vuelto a vomitar, pero tengo unos nuevos mejores amigos químicos: los antiinflamatorios no esteroideos (AINE).

Y os preguntaréis, ah, pillines, ¿por qué los AINEs quitan el dolor menstrual si no tienes nada inflamado? Porque parece ser que los antiinflamatorios limitan la formación de prostaglandinas. Eso es bueno (¡yupi!), porque las contracciones duelen menos, pero es malo (¡oh!), porque las prostaglandinas también mantienen la integridad de la mucosa gástrica, vamos que protegen el estómago de las cosas agresivas. Por eso dicen que no conviene tomar los antiinflamatorios sin nada en el estómago y por eso sigo pensando que genero prostaglandinas por un tubo: porque me puedo tomar un antiinflamatorio a pelo, sin nada en el estómago sin que éste se resienta. Tengo el súperpoder de producir millones de prostaglandinas.

La cuestión es que ahora me estoy planteando seriamente si pasar de las hormonas a los antiinflamatorios fue buena idea. Total, ambas cosas son sustancias químicas producidas para generarme felicidad (es decir, quitarme el dolor) y las dos son igual de malas (o no, debería investigar más) o buenas para mi cuerpo. Y en eso estoy, pensando que me conviene más. Tengo fases, momentos, según la época del mes, según el mes. El mes pasado, uf, el mes pasado hubiera matado por eliminar las prostaglandinas de mi cuerpo. Este mes, bah, este mes parece que lo voy llevando algo mejor. Cada mes es una nueva aventura menstrual.

Qué emocionante es mi vida, oye.

En la foto, un letrero que vi el otro día por Bruselas. No tiene nada que ver con esta entrada, pero es maravilloso.

martes, 1 de marzo de 2016

Agua en un aeropuerto

Imaginaos un aeropuerto en el que, nada más pasar el control de seguridad, haya una estantería llena de botellines de agua de medio litro. Imaginad que la estantería está cubierta de letreros que ponen cosas como “Agua para viajar”, “No hagas colas para comprar agua”, “Sólo a 1 €”. Imaginad que no hay nadie junto a la estantería, nadie que controle el agua, digo, porque los viajeros, curiosos, se agolpan junto a la estantería. El método de pago no puede ser más sencillo: hay una ranura por la que metes tantos euros como monedas te quieras llevar. La gente se acerca, mira curiosa y muchos, sí, muchos, rebuscan en sus carteras en busca del euro, se acercan a la estantería, cogen una botella y meten una moneda por la ranura. O hacen lo contrario, primero meten la moneda por la ranura y luego cogen la botella.

Parece impensable, ¿verdad?

Pues esa estantería existe. Existe en el aeropuerto nacional de Bruselas.

Y estoy segura de que nadie se lleva las botellas sin pagar. Bueno, igual algún turista idiota sí que se las lleva, pero lo dudo: si ves a la gente de tu alrededor actuar de manera civilizada, actúas de manera civilizada. Somos así. Creo.

Me parece impensable algo así en España. En serio. Pagar menos de dos euros y pico por medio litro de agua en un aeropuerto español es pura utopía. Y tener docenas de botellas de agua al alcance de cualquiera que pase por allí, sin nadie que vigile, suena aún más utópico.

Sí, sí, mucho sol, mucha playa, pero aún tenemos mucho que aprender.

En la foto, mi agua viajera. No me he atrevido a hacer una foto a la estantería, no sé si está permitido hacer fotos en este aeropuerto y no quiero arriesgarme.

Feliz Día de las Baleares a mis paisanos. Yo me lo he perdido. Con un poco de suerte, llegaré rozando la medianoche a mi isla.

miércoles, 24 de febrero de 2016

La piscina

Estoy en una fase muy guay de volver a la piscina. He empezado 2016 con fuerza y ánimo y ya he ido unas cuantas veces a nadar. Empecé yendo algún día en fin de semana o alguna tarde, pero ya le estoy cogiendo el truco a ir antes de trabajar. Bueno, menos esta semana, que he sido totalmente incapaz de levantarme a tiempo. Pero mola mucho lo de nadar a primera hora de la mañana. Mola porque hay poca gente, mola porque ya me siento activa el resto del día y mola porque el socorrista de la piscina a la que voy es muy simpático.

Pero lo que me moló mucho fue tener un día la piscina para mí sola. Mucho. Fue un día, no recuerdo cuál, pero mi mente imaginativa quiere recordar que fue el primer día que fui a nadar este 2016 (no lo creo, pero dejémosla ser feliz, a mi mente, digo).

La historia fue así de simple y tonta. Llegué a la piscina justo cuando abrían (son muy puntuales, no abren ni un segundo antes de las ocho cero cero), me metí en el vestuario vacío, me di una ducha rápida y salí al recinto de la piscina.

No había nadie, absolutamente nadie.

Había leído en algún cartel que durante el mes de enero media piscina estaría ocupada por las mañana por no sé qué. De hecho, había dos o tres carriles marcados como ocupados, para ese no sé qué. Me metí en el carril del extremo opuesto a los ocupados para el noséqué. No me lo podía creer. Estaba ahí sentada, en el borde de la piscina y con los pies dentro del agua y seguía estando sola.

A ver si resultaba que todo el planeta había muerto y yo era la única superviviente. Pero aún, ¿y si el resto de la humanidad eran zombies que odiaban el agua? O igual era una hora inusualmente temprana, madrugada y me había colado en la piscina sin querer. O igual estaba soñando.

Antes de que el sueño acabara, me metí en el agua y empecé a nadar. Sola, totalmente sola en la piscina. Una piscina enterita para mí, ¿os imagináis?

Tan nerviosa estaba que cuando llevaba medio carril recorrido, me cambié de carril, porque recordé que a las ocho treinta empezaba aquagym y usaban ese carril. Juas, juas. Cambiándome de carril a lo loco a mitad de vuelta y no le importó a nadie, ni molesté a nadie, ni ofendí a nadie. Porque, atención, no había nadie.

Poco a poco fue saliendo gente, gente joven y de cuerpos danone que se iban a ese lado de la piscina ocupado para el noséqué especial que había durante ese mes. Pero estaban fuera, charlando y no llegaban a meterse en el agua.

Di dos, tres, cuatro, no sé cuántas vueltas antes de que alguien perturbara el agua clorada que hasta ese momento sólo yo perturbaba.

Definición de felicidad pura: nadar totalmente sola en una piscina de agua tibia, en una (más o menos) fría mañana invernal.

Luego sí, desperté del hechizo y el grupo de gente que hacía noséqué se metieron en el agua y empezaron a nadar como locos.

Entonces pasó una cosa inexplicable: un tipo se metió en mi carril.

A ver, resumamos. Dos o tres carriles ocupados por los que hacían noséqué. Dos o tres carriles en el otro extremo, donde veinte minutos más tarde habría aquagym pero libres en ese momento. Y en medio, tres carriles, de los cuales sólo el del medio estaba ocupado, en el que estaba yo. Y el tipo se mete en él.

Juas.

Y no era un joven musculoso y atractivo con el que ponerme a ligar a lo loco, no. Era un señor entrado en años, con más tatuajes que pelos en la cabeza y perilla blanca.

Yo no entendía nada, en serio, ¡no entendía nada! Pero estaba tan zen y feliz por haber disfrutado de una piscina entera para mí sola durante un ratito, que ni me enfadé. no me enfadé demasiado.

Al cabo de un rato, lo vi hablar con el simpático socorrista (¿lo había dicho ya? Es muy simpático y hablador) y cambiarse de carril.

Menos mal.

El pobre. No debía saber qué carriles estaban libres y cuáles ocupados y se metió en el mío porque si yo nadaba, él también podría nadar.

Luego ya vinieron las de aquagym y llegó el momento de salir de mi felicidad acuática e irme al trabajo.

Pero fue una mañana curiosa, oye.
En la foto, una de las piscinas a las que voy a veces a nadar. No es en la que pasó lo que cuento hoy, no.

martes, 10 de noviembre de 2015

Junto al mar

Trabajo junto al mar, a sólo unos metros de él. Pero no trabajo en un lugar paradisíaco, sino en plena ciudad. No trabajo junto a una bonita playa o unos acantilados espectaculares. Ni siquiera tengo vistas al mar, sino a una calle de muchos carriles, ruidosa y con mucho tráfico que cada vez que llueve, se inunda y sale en la tele y en prensa.

Trabajo junto al mar, sí, pero en plena zona portuaria. No es un lugar terrorífico ni horrible. No es un lugar sombrío ni lleno de grúas o montañas de carbón. A veces es un lugar desierto, a veces es un lugar muy concurrido. Ni lo uno ni lo otro es bueno. Es un lugar incluso cómodo en algunos aspectos. Pero también presenta algunas incomodidades (aparte de las inundaciones), como el botellón, los camiones y los cruceros.

Lo del botellón es curioso. Llegar de noche o ya de madrugada cargados de muestras para congelar y esquivar pandillas de chavales pasándoselo en grande tiene su punto surrealista. Ellos y ellas todos monos y elegantes, la mar de arregladitos y felices en plena noche y tú ahí, con los deportivos manchados de restos de peces y suspirando por una ducha y tu cama.

Los camiones son peligrosos, de verdad. Son grandes, son muchos y no te ven. Ya hemos tenido algunos sustos, afortunadamente ninguno grave. Retrovisores que salen volando porque alguien abre una puerta sin mirar o coches que quedan aprisionados (y chafados) entre dos camiones enorme, en plan sándwich. Y, claro, luego a correr detrás de ellos, porque suelen estar más preocupados de no perder el barco que van a coger que de arreglar los papeles del seguro.

Lo de los cruceros es lo más. Lo más surrealista que te puedes encontrar en el mundo. De los cruceros descienden dos tipos de personas: los cruceristas, que pisan la ciudad por primera vez y van más despistados que un pulpo en un garaje y las tripulaciones, que saben perfectamente dónde quieren ir (normalmente al centro comercial que hay un poco más arriba). Tanto unos como otros comparten actitud: caminan despreocupadamente por mitad de la calle, ignorando las aceras y mirándote mal cuando intentas circular de camino a o saliendo del trabajo. Ay, qué majos todos, ahí, en bandadas tan numerosas que esquivarlos se convierte en una auténtica aventura. Por no hablar de los taxis que vienen a dejar a unos u otros después de un día de paseo: paran en cualquier sitio, interrumpen el paso y arrancan sin poner ningún intermitente. Otro peligro a esquivar.

Y hoy he descubierto una nueva peculiaridad en mi lugar de trabajo: una gallina. Sí, una gallina negra y algo tímida, que se paseaba esta tarde por los alrededores de la oficina. ¿De dónde ha venido? ¿Quién es su dueño? ¿Qué hace en esta zona portuaria urbana? Un misterio sin resolver. A ver si mañana sigue por ahí.

En la foto, aunque no se aprecie muy bien, hay una cosa negra debajo del arbusto: la gallina. Ha corrido despavorida cuando he intentado inmortalizarla.

martes, 29 de septiembre de 2015

Transparente

A lo mejor no os habéis dado cuenta, pero soy transparente.

Probablemente no os habéis dado cuenta precisamente por eso, porque soy transparente. Y no me veis.

Y no, no mola tanto como a simple vista parece.

Ser transparente no es un súperpoder. No es lo mismo ser transparente que ser invisible. Ser invisible sí que es un súperpoder. Pero ser transparente, no.

Ser transparente es lo que ocurre cuando la gente a tu alrededor no se da cuenta de que estás, de que existes. Cuando te cruzas con gente que conoces y no te saludan. Cuando intentas entrar a través de unas puertas automáticas y éstas no se abren. Cuando propones un plan a un grupo de gente y luego quedan para llevarlo a cabo y no te avisan. Cuando hablas con alguien que va contigo a clase de lo que sea y te dicen “Ah, ¿pero tú vas a mi clase?”. Cuando después de ir a algún sitio donde hay gente que conoces, no sólo no te ven sino que encima al día siguiente te preguntan por qué no fuiste. Cuando dices cosas en reuniones y nadie las oye, aunque luego alguien lo repite y reaccionan como si fuera la primera vez que lo escuchan. Cuando vas con alguien y te encuentras a un conocido común y éste sólo saluda a tu acompañante. Cuando sales con un grupo de amigas y nadie se acerca a ti. Cuando entrenas con gente durante semanas y luego, cuando te los encuentras por ahí, no te reconocen. Cuando coincides en reuniones (sociales o laborales) con gente de manera más o menos regular y cuando se presentan y les dices que ya os conocéis, te dicen que no. Cuando la gente te dice a la cara “Claro, no viniste porque no podías” y tú les tienes que convencer de que no, de que no fuiste porque nadie se acordó de invitarte.

No negaré que a veces sí que mola un poco ser transparente.

Pasar inadvertida.

Yo, durante muchos años, lo he sido sin que me importara.

De hecho, las pocas veces que no he sido transparente, me he sentido incómoda. Lo de ser visible no se lleva muy bien cuando estás acostumbrada a ser transparente.

Entre las veces que no he sido transparente, tengo que destacar especialmente cuando he estado en Namibia. Allí, en general, era visible. Muy visible. Mujer blanca en mitad del continente negro. Visibilidad total. Encima, mis rasgos son claramente no germanos, así que no podía pasar por una blanca namibia, descendiente de los antiguos colonos. Y aún así, incluso allí, en ocasiones fui transparente. En las veces que el número de turistas que se paseaban por la ciudad era importante, me volvía de nuevo transparente. Y molaba. Porque lo de ser visible se me hacía un poco incómodo. También fui muy visible, primero allí y luego aquí, cuando me hice las trencitas namibias. Sinceramente, pensaba que allí no llamarían la atención, pero me equivocaba: una blanca con peinado de negra no es algo habitual allí. Así que me hice doblemente visible. Mujer blanca con peinado negro. ¡Incluso me salió un novio himba! Pensé que al volver a mi continente blanco, volvería a mi transparencia, pero no: de vuelta a casa, las trencitas me hacían completamente visible. Me sorprendió e incluso me molestó. La gente lleva miles de peinados distintos, variados o mucho más originales que mis trencitas. Bueno, tal vez la gente que lleva esos peinados también es visible. Luego llegué a una terrible conclusión, cuando alguien me dijo lo que costaba hacerse el peinado que yo llevaba aquí: 10 euros por trencita. Yo llevaba 11. Así que tal vez mi visibilidad era meramente económica: la gente pensaba que me había gastado 110 € en ese peinado, cuando la realidad era que me había gastado menos de 5 €. Eso me hizo sentir muy incómoda con esa recién adquirida visibilidad. Tal vez por eso llevé por aquí las trencitas menos de una semana.

La cuestión es que últimamente me he cansado de ser transparente. Pero tampoco me siento muy cómoda siendo visible. Mostrar carne suele ser un buen truco para volverse visible pero, aunque tengo un generoso canalillo mostrable, no me gusta enseñarlo. Una cosa es ser visible y otra ser llamativa a base de escotes, ropa o complementos. Tampoco me sale. Así que ahí estoy, entre la disyuntiva de seguir siendo transparente o la tentación de visibilizarme un poco.

Y no sé qué hacer.

Porque ser transparente me cabrea. Pero ser visible me resulta incómodo.