jueves, 15 de septiembre de 2016

Entre Kiel y Hamburgo



He tenido que venir hasta Alemania para enamorarme de un nórdico.

O mejor dicho, de una funda nórdica.

Fue la primera noche. Volvía a pie hacia el hotel, desde la recepción a la que nos habían invitado (y en la que también estaba el Príncipe Alberto de Mónaco y yo ni me enteré –pero aprovecho para rememorar LA anécdota). Iba sola, porque aunque viajé con otros colegas del trabajo, estamos todos dispersos por distintos hoteles de la ciudad (gracias, Viajes Aguilucho). Pasé por delante de una tienda de camas y la vi. LA FUNDA NÓRDICA. Me flipó, me encantó tanto, que le hice una primera foto, ahí, en la oscuridad. Los siguientes días he pasado cada día por delante de la tienda, voluntariamente o no. He mirado la funda, la he fotografiado, he apuntado la web de la tienda y hasta la marca de ropa de cama a la que pertenece y, después de meditarlo un poco, he decidido que lo cara que es compensa por lo bonita que es. Porque siempre que he pasado por delante, estaba cerrada (es lo que tiene estar de congreso), así que ni he podido entrar a verla de cerca o incluso comprarla. Porque igual la hubiera comprado. Pero aunque la medida que tiene no es la de mi cama, ni siquiera he tenido la oportunidad de entrar a averiguar si existe en la medida que yo quiero.

¿Qué tiene esta funda nórdica que me ha provocado este enamoramiento repentino? La verdad es que no lo sé. Creo que quedaría perfecta en mi cuarto. Eso es todo. Le pega. Me pega. Y me recuerda a las telas africanas, a las telas namibias. De hecho, esta ciudad me recuerda mucho a la Namibia urbana que conozco (ciudad de calles anchas, casa bajas y bonitas), aunque en realidad es justo lo contrario, debería ser Namibia la que me recordara a Alemania.

La cuestión es que la funda es maravillosa. Pero se ha quedado ahí, es un escaparate de Kiel mientras yo escribo (y publico) esto en un autobús (con wifi gratis) de camino al aeropuerto de Hamburgo. Y, oye, me da pena.

A veces encuentras lo que buscabas donde menos te lo esperas, cuando menos te lo esperas. Incluso cuando ni siquiera sabías que lo estabas buscando.

Pero también a veces, por mucho que desees algo, no puedes hacer otra cosa que dejarlo marchar. No queda otro remedio.

Lo que no puede ser, no puede ser. Y además, es imposible.

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